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Más rendimiento con bajo impacto ambiental

Foto cortesía de: Ismael Batista/Sistema de Naciones Unidas en Cuba
theo_fao_ok.jpg (09 de mayo de 2016).- El empleo de sistemas agrícolas capaces de propiciar el incremento acelerado de la producción de alimentos a nivel mundial trajo consigo el uso intensivo de maquinarias para la labranza del terreno y la aplicación en cantidades cada vez mayores de una amplia gama de fertilizantes e insecticidas químicos.

Si bien esas prácticas reportaron un sustancial incremento en los rendimientos y volúmenes de las cosechas, con el decursar del tiempo también ocasionaron diversos perjuicios a la calidad de los suelos y del entorno, como son los crecientes problemas de compactación, erosión, desequilibrio de nutrientes, salinización, pérdida de la biodiversidad y contaminación presentes en buena parte de las tierras cultivables del orbe.

Incluso, la disminución de la productividad de los suelos debido a causas antrópicas y climáticas, ocupa hoy un espacio prominente en la lista de problemas ambientales acuciantes al poner en riesgo la seguridad alimentaria de un alto número de naciones en vías de desarrollo, las más afectadas por la situación descrita.

Una de las alternativas surgidas en las últimas décadas destinadas a frenar los inconvenientes citados y armonizar el aumento de los rendimientos con el mínimo daño al medio ambiente, es la llamada agricultura de conservación, entre cuyos impulsores principales aparece la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

APUESTA POR EL FUTURO

Como explica a Granma el doctor Theodor Friedrich, representante de la FAO en Cuba y un convencido abanderado de las ventajas de tal proceder, la agricultura de conservación es un sistema agrícola basado en tres principios básicos enlazados: mínimo disturbio del suelo (laboreo cero porque no se rompe la tierra), cobertura permanente de este con materia orgánica, y diversificación y rotación de los cultivos en secuencia o asociación.

"Se trata, en esencia, de incorporar de manera progresiva un grupo de técnicas y prácticas agrícolas destinadas a mejorar, conservar y hacer un uso más eficiente de los recursos naturales, mediante el manejo adecuado del suelo (sin duda el factor esencial), el agua, los agentes biológicos y los insumos externos".

Para el doctor Friedrich dicha opción es válida en cualquier cultivo y posibilita emplear desde la siembra manual y la tracción animal, hasta el uso adecuado de algún tractor pequeño y quizá alguno más grande, pero con un efecto mínimo en la estructura natural del terreno. También, añadió, le concedemos un alto valor a la sabiduría de los campesinos bien combinada con los adelantos científicos.

De acuerdo con lo expresado por el funcionario de la FAO que se incorporó al movimiento de la agricultura de conservación en 1996, un suelo labrado mecánicamente se compacta mucho más, afecta la correcta distribución de los nutrientes y favorece la erosión.

Si encima de eso permanecen descubiertos, como puede verse con frecuencia en Cuba, pierden mucha agua por evaporación. Igualmente al removerse la tierra por la vía mencionada, la misma queda prácticamente sellada y ello impide la mejor infiltración del vital recurso hídrico, aseveró.

Lo anterior acentúa los efectos de las sequías y altas temperaturas, además de favorecer la contaminación y magnitud de las inundaciones ante eventos de intensas lluvias.

Según los datos ofrecidos por el entrevistado, en la actualidad se aplican métodos de agricultura de conservación en alrededor del 11 % de la superficie cultivable del mundo (unos 157 millones de hectáreas), destacándose el auge de esta práctica en Brasil, Paraguay, Argentina, algunos países del Asia central, África, y en Canadá y Australia, por citar varios ejemplos.

En opinión del doctor Theodor Friedrich los impactos favorables de lo que en su criterio constituye la agricultura del futuro están dados por el aumento de los rendimientos y la producción, la apreciable reducción en el empleo de fertilizantes y plaguicidas, menores costos de maquinarias y mano de obra, eleva la competitividad de la producción agrícola, y disminuye los daños ambientales al controlar la erosión y la pérdida de la biodiversidad, junto con favorecer la mitigación del cambio climático al eliminar significativas emisiones de metano y dióxido de carbono.

Asimismo, estimula las industrias rurales, se adecua a los conceptos de la agricultura familiar y favorece la gestión sostenible de los suelos, pues aumenta el contenido de materia orgánica y ayuda a preservar la biología natural del terreno.

Personalmente, resaltó el representante de la FAO, no he conocido reportes sobre rendimientos inferiores a los logrados con métodos convencionales en ningún lugar donde se usa la agricultura de conservación. Incluso, en determinados países africanos luego de cinco o más años de emplearse los incrementos observados en ese indicador rondan casi el 90 %.

Consultado sobre las perspectivas de aplicación en Cuba, expresó su convicción de que la Mayor de las Antillas tiene las condiciones requeridas para sumarse a la promisoria práctica porque existe la voluntad política y también la imprescindible fortaleza de avanzar hacia una integración eficiente entre el sector científico y productivo, indicó.

Dijo que la FAO impulsa en la actualidad varios proyectos experimentales en las provincias de Guantánamo y Pinar del Río, principalmente en cultivos como el frijol, sorgo y arroz, mientras desarrolla diversas acciones de capacitación y asesoría a productores estatales y particulares.

La mayor barrera, precisó, ha estado en la falta de conocimiento y promoción de esta alternativa por parte de los campesinos y tomadores de decisiones, pero cada vez más crece el interés en el ámbito nacional hacia la agricultura de conservación, que abre sin duda nuevas oportunidades para una intensificación sostenible, diversificada, y amigable con el medio ambiente, de la producción agrícola.

Con información de Sistema de Naciones Unidas en Cuba