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Debemos acompañar a los millones de hombres, mujeres y niños que huyen de sus hogares cada año, velando por que se protejan sus derechos y su dignidad

Foto cortesía de: Rick Bajornas
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Los desplazamientos forzados han alcanzado niveles sin precedentes: hay más de 65 millones de personas desarraigadas de sus hogares en todo el mundo.

Conflictos nuevos y recurrentes, y formas cada vez más inquietantes de violencia y persecución están impulsando a la gente a huir en busca de seguridad dentro de sus propios países, o a cruzar fronteras internacionales en calidad de solicitantes de asilo o de refugiados. Otras personas viven en el exilio por largo tiempo, ya que sigue siendo difícil encontrar soluciones a los conflictos prolongados.

A fines de 2015 había 21,3 millones de refugiados, 3,2 millones de personas que buscaban asilo y 40,8 millones de desplazados dentro de sus propios países.

El Día Mundial de los Refugiados es el momento de considerar los efectos devastadores de la guerra y la persecución para las vidas de quienes se ven obligados a huir, y de honrar su valentía y resiliencia.

Es también el momento de rendir homenaje a las comunidades y los Estados que los reciben y acogen, a menudo en regiones fronterizas distantes afectadas por la pobreza, la inestabilidad y el subdesarrollo, que no suscitan atención en el plano internacional. Nueve de cada diez refugiados viven actualmente en países pobres y de ingresos medianos en las cercanías de un conflicto.

El año pasado, más de 1 millón de refugiados y migrantes llegaron a Europa cruzando el Mediterráneo en botes no aptos para navegar y embarcaciones precarias. Miles de ellos no arribaron a su destino, trágico testimonio de nuestro fracaso colectivo en atender debidamente sus penurias.

Entretanto, la retórica política divisiva sobre cuestiones de asilo y migración, el aumento de la xenofobia y las restricciones de acceso al asilo se han puesto cada vez más de manifiesto en determinadas regiones, y el espíritu de responsabilidad compartida ha sido sustituido por un discurso de intolerancia y odio profundo.

Observamos un aumento preocupante en las detenciones y en la construcción de vallas y otros obstáculos.

En medio de esa retórica altisonante que se opone a los refugiados, es a veces difícil escuchar las voces de bienvenida.

Pero estas existen en todo el mundo. El año pasado, en muchos países y regiones, hemos sido testigos de manifestaciones extraordinarias de compasión y solidaridad, cuando gente común y comunidades enteras abrieron sus hogares y sus corazones a los refugiados, y algunos Estados acogieron aún a más personas, aunque ya habían recibido a un gran número de refugiados.

Con urgencia es preciso emular y ampliar esos ejemplos positivos.

Nuestras respuestas a los refugiados deben basarse en nuestros valores compartidos de responsabilidad participativa, no discriminación y derechos humanos, y en el derecho internacional de los refugiados, incluido el principio de no devolución.

El 19 de septiembre, la sesión plenaria de alto nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la respuesta a los desplazamientos masivos de refugiados y migrantes ofrecerá una oportunidad histórica de acordar un pacto mundial que incluya, como elemento fundamental, el compromiso de adoptar medidas colectivas y asumir una mayor responsabilidad compartida en favor de los refugiados.

Debemos acompañar a los millones de hombres, mujeres y niños que huyen de sus hogares cada año, velando por que se protejan sus derechos y su dignidad, dondequiera que se encuentren, y recordando que la solidaridad y la compasión son la esencia de nuestra respuesta colectiva.

Mensaje del Secretario General con motivo del Día Mundial de los Refugiados. 20 de junio de 2016.